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martes, 3 de septiembre de 2013

Regás se descubre ante la falangista feminista.


Por Rosa Regás.Rosa Regás

Mercedes Fórmica o la ideológica contradicción


En el verano de 1953, en pleno franquismo, la prensa española se hizo eco de un terrible acontecimiento, la muerte de una mujer a manos de su marido, con un texto explicativo, "Mujer apuñalada por su marido", pero sin crítica ni al marido asesino, ni a la justicia, ni a la situación de la mujer que tuvo que aguantar los malos tratos que recibía habitualmente que la llevarían a la muerte ya que no podía permitirse abandonar el hogar que según la ley la habría dejado sin hijos, casa ni bienes. El 7 de noviembre de ese mismo año Luis Calvo,  director de  ABC, se atrevió a publicar un artículo de Mercedes Fórmica que había sido detenido por la censura y que ella había enviado al diario. Llevaba por título "El domicilio conyugal" y lo escribió al conocer las doce puñaladas  que recibió Antonia Pernia Obrador de su esposo y la situación de violencia en la que se había visto obligada a vivir hasta que le llegó la muerte.


 Mercedes Fórmica fue la primera mujer que desde el régimen dictatorial del General Franco intentó que se transformaran las leyes machistas que convertían a la mujer en una esclava de las costumbres,  la sociedad, la religión y el omnímodo poder de sus maridos o padres.
Mujeres de la Sección Femenina durante la guerra civil
Yo no conocía la historia de esta mujer singular y creo que recordarla hoy no me convierte en admiradora del régimen al que ella eligió obedecer y servir. Fue, incluso así, una mujer singular y  su vida no fue un modelo de lo que fueron, y son aún, las vidas de las personas amantes de formas de gobierno excesivamente autoritarias, antidemocráticas y que han llegado al poder por un golpe de estado y una sangrienta guerra civil. Había nacido en 1916 en Cádiz de familia acomodada pero tuvo una madre que lejos de dedicarla al culto de sí misma, del hogar y a la convicción de que había nacido  para vivir a las órdenes de su futuro marido, la hizo estudiar bachillerato, prepararse para entrar en la universidad e ingresar en la Facultad de Derecho de Sevilla en 1931, el mismo año en que en España se instauró la República. Así que tuvo como profesores a muchos expertos formados en la Institución Libre de Enseñanza, lo que no le impidió tener que ir a clase acompañada de una "doña" para evitar críticas de su entorno social, ya que era la única alumna del curso. Tampoco era muy habitual en su ambiente que sus padres se divorciaran dos años después, ni que ya licenciada decidiera irse a vivir a Madrid sola. Pero no todo fueron puertas abiertas al pensamiento libre. Ya en Madrid se afilió a  Falange Española, tal era la admiración que sentía por José Antonio Primo de Rivera, hijo del que había sido dictador en tiempos de Alfonso XIII, quien la nombró delegada del SEU femenino en 1936 y miembro de la dirección del partido.

Mercedes Fórmica 1916-2002
Mercedes Fórmica
 Otro rasgo peculiar en su biografía es que se casó con  Eduardo Llosent y Marañón editor en Sevilla de la revista Mediodía donde conoció y fue muy amigo de poetas de la generación del 27 como Federico García Lorca, Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, Jorge Guillén, Dámaso Alonso o Rafael Alberti.

 Aunque al ganar la guerra Franco debió cambiar de ideología cultural al menos porque fue nombrado Director del Museo de Arte Moderno de Málaga.
Acabada la guerra Mercedes se doctoró en Filosofía y letras y en 1945 publicó su primera novela, Bodoque a la que siguieron biografías de mujeres de la Historia de España, textos autobiográficos como La infancia, Visto y vivido y Escucho el silencio, y otras novelas:  A instancia de parte o Collar de ámbar, que fueron bien tratadas por la crítica y lo siguen siendo entre la poca gente que la conoce, porque la historia la ha juzgado más por su ideología que por su talento y porque también ella es fruto de la maldición franquista que dejó a los derrotados sin futuro y a los vencedores sin pasado, un pasado que todavía hoy no hemos recuperado.

                                   
Pero lo que más me interesa destacar es la lucha por los derechos de la mujer o relacionados con ellos, inexistentes o borrosos aún en la época en que ella vivió pero firmes en su forma de de estar enraizados en su interior. Fue ella quien logró que en los textos jurídicos de la época franquista se sustituyera "casa del marido" por "hogar conyugal" lo que contribuyó también a que tras la separación conyugal la mujer pudiera disfrutar de la casa donde habían vivido ambos cónyuges. Eliminó asimismo la degradante figura del "depósito de la mujer", un derecho que tenía el marido de depositar a su mujer en la casa de los padres o en un convento, y ayudó a que se limitaran los poderes casi absolutos del marido para administrar y vender los bienes matrimoniales, igual que el derecho a las viudas que volvían a casarse a mantener la patria potestad sobre sus hijos. Mercedes puso su grano de arena a que en 1981, cuando ya ella comenzaba a sentir los efectos de la larga enfermedad que la llevaría a la muerte en 2002, se  promulgara la ley que reconocía la plena igualdad de la mujer en el matrimonio. Poco fue este grano de arena, pero difícil era y sin embargo ella no se detuvo hasta que la vejez y la enfermedad  la derribaron. O tal vez dejó de luchar con la llegada de la democracia que había de conseguir aquello por lo que ella se desvivió, a la que, en cambio, nunca pareció comprender ni aceptar, ni mucho menos defender.
 
Curiosamente y a pesar de su dilatada y esforzada lucha, ni en la Falange ni en su propio ambiente estuvieron bien vistas las gestiones que hizo en favor de los derechos de la mujer y en las reformas que impulsó, hasta el punto que la llamaban "la reformica". Un chiste malo con su apellido.
   
Si se contempla  la espesa legislación contraria a la libertad de la mujer que el franquismo elaboró y mantuvo con la ayuda de la iglesia católica, de la burguesía y de los poderes fácticos que habían apoyado el golpe de estado, hay que reconocer que no fue mucho lo que consiguió Mercedes Fórmica, pero hubo muy pocas mujeres que lo intentaron como lo hizo ella, unas porque no podían otras porque no creían en ello. Pero a mí me gusta tener el convencimiento de que  algo debió de ayudar el hecho de que su madre no la tratara como las bien pensantes mujeres de la época trataban a sus hijas, y que tener una carrera universitaria y una forma de ganarse la vida animó su autonomía de pensamiento y acción y su coraje para enfrentarse, aunque solo fuera formalmente, a la ideología del régimen que ella misma defendió.
  

comedor social de la sección femenina
Tal vez moriremos sin ver realizado aquello por lo que hemos luchado -lo más probable- pero algo habremos conseguido si hemos sabido ser el eslabón entre el pasado y el futuro, la memoria y la esperanza, la esclavitud y el bienestar social. Quizá éste haya sido también el objetivo de Mercedes Fórmica, una mujer que no tuvo más visión que la de la injusticia a la que estaba sometida la condición femenina, cuya lucha para intentar recomponerla  vivió con tal intensidad que, quiero creer, le impidió darse cuenta del infierno ideológico en el que había elegido vivir.






Publicado en el blog de el diario El Mundo, "Ellas"
 http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/ellas/2013/09/03/mercedes-formica-o-la-ideologica.html

Más información en:

http://www.abc.es/hemeroteca/historico-24-04-2002/abc/Cultura/muere-mercedes-formica-pionera-en-la-lucha-por-los-derechos-de-la-mujer_94259.html

http://www.fnff.es/Mercedes_Formica_defensora_de_la_Mujer_590_c.htm


http://www.nodulo.org/ec/2012/n120p09.htm


jueves, 24 de junio de 2010

RUTAS PARISINAS DEL INSTITUTO CERVANTES


Juan Pedro Quiñonero.

ABC, 24-06-2010


El Instituto Cervantes ha tenido la excelente idea de crear unas Rutas Cervantes, con el fin de «recordar las huellas de las culturas de España y America latina en París». Al día de hoy, paradójicamente, están ausentes en tal proyecto todos los patriarcas de la cultura española que pasaron por París: Arozín, Baroja, Ramón Gómez de la Serna, Jorge Guillén, Pedro Salinas, Salvador de Madariaga, José Bergamín, Max Aub, Eugenio d’Ors, Josep Pla, Mercè Rodoreda, entre un larguísmo etcétera.El Cervantes anuncia que algún día llegarán todas esas rutas, pero que no se podía arrancar con la huella de todo lo hispano, en un programa que está previsto ampliar a otras ciudades.
El proyecto anuncia el recuerdo inmediato o muy próximo de Gabriel García Márquez, Salvador Dalí, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Enrique Vila Matas, Balenciaga, Julio Cortazar, Octavio Paz, Diego Rivera, Isaac Albéniz, Luis Buñuel, Miquel Barceló, Alfredo Bryce-Echenique, María Casares, Óscar Domínguez, Juan Goytisoo...
El Cervantes anuncia su proyecto de este modo: «A las estancias de cada uno de ellos se les dedica una ruta diseñada por expertos con datos, anécdotas y relatos, ilustrada con fotografías, documentos y vídeos». Se trata de una idea magnífica. Buena parte de la cultura española contemporánea es sencillamente incomprensible sin el diálogo de los grandes creadores con París.
La novela, la poesía y la prosa española contemporáneas nacen, como es sabido, con el Modernismo la Generación del 98 y la Generación del 27. Todos los grandes maestros pasaron por París. Todos ellos están ausentes. No hay huella en las Rutas Cervantes de Rubén Darío, Azorín, Baroja, Ramón Gómez de la Serna, Jorge Guillén, Pedro Salinas...
Toda nuestra poesía contemporánea pasa por el diálogo entre España, París, y las Américas, con Rubén Darío, que no está recordado. La obra fundacional de Azorín y Baroja está íntimamente asociada a París. Nuestro periodismo moderno comienza con
«El bombardeo de París», el libro de crónicas de Azorín, corresponsal de guerra de ABC. El mismo Azorín consagró a París libros, ensayos, artículos, muy numerosos. Baroja consagra a París libro tras libro.
Las vanguardias llegan a España, en bastante medida, a través de los viajes a París de Ramón Gómez de la Serna, de quién Valery Larbaud dijo, en París, precisamente, que había realizado en castellano una revolución semejante a las de Joyce o Proust.
Es igualmente ejemplar el caso de varios maestros de la Generación del 27, Gerardo Diego, Jorge Guillén o Pedro Salinas. El viaje y la estancia en París es capital para ellos. Guillén y Salinas fueron profesores en la Sorbona. Guillén hasta ejerció de corresponsal literario. ¿Cómo olvidar a Madariaga, que fue embajador de España en momentos cruciales...?
En el caso de la lengua y cultura catalana, no es un secreto la importancia excepcional de París en la obra de Eugenio d’Ors, Rodoreda y Josep Pla, que llegó a confesar, en varias ocasiones que, de no vivir en su pueblo, no le hubiese importado instalarse en alguna recoleta plaza parisina, en la que se cruzan los fantasmas de Azorín, Baroja, Julio Camba o César González Ruano, entre tantos otros olvidados.

miércoles, 2 de junio de 2010

Poeta y raíz Rosales 100 años Por Antonio Sánchez Zamarreño


Tiznado por la sombra de una culpa ajena -la traición, la muerte de García Lorca-, Luis Rosales (31 de mayo de 1910-octubre de 1992) resurge, en vísperas de su centenario, como creador al filo del abismo político, cultural y humano que fueron nuestra guerra civil y el siglo XX. Luis María Anson y Antonio Sánchez Zamarreño, máximo especialista en su obra, dan las claves para comprender al poeta; Félix Grande, amigo cierto en horas inciertas, retrata una noche de poemas y amistad, y siete poetas eligen sus versos favoritos del poeta andaluz.

Sería triste que les pasara desapercibido a las nuevas generaciones el centenario de un poeta tan señero como es Luis Rosales (Granada, 1910 -Madrid, 1992): lo sería, sobre todo, porque a ellas está dirigida su obra, tan llena de voluntad de futuro y de caminos que sería necesario explorar. Sé muy bien que este año se hacen también urgentes otros recordatorios -el de Miguel Hernández- que puedan parecerles más atractivos por el solo hecho de haber sido mejor publicitados. Pero la casa de la poesía tiene muchas estancias y en la que espera Rosales es una de las más luminosas del siglo XX. A los jóvenes les subyugará una palabra que, por su maravillosa orquestación, tardará mucho tiempo en acabarse de decir: esto es, nunca acabará de decirse, porque los materiales con los que fue forjada -la música y el hombre- nunca serán perecederos en poesía.

Surge la de nuestro poeta en un tiempo que tuvo como misión clausurar paraísos. Habían pasado ya aquellos ojos -recuérdese a Jorge Guillén- que vieron un mundo deletreado por la luz. Eran los años treinta y ya las sombras se cernían sobre una historia que iba conocer días terribles. El jovencísimo Rosales comprende de inmediato que ese vacío que empieza a constatar alrededor sólo puede llenarse de trascendencia. Y eso es su primer libro, Abril, publicado en 1935. Para un lector desavisado, esta escritura seguiría pautas ya transitadas en la década anterior por la llamada “poesía pura”. Efectivamente, el tono general del libro así parece sugerirlo: su condición de cántico (“¡oh maravilla sin huella!”), la apelación constante a la luz, el asombro, en fin, “ante el cielo y la espiga y la brizna de hierba” nos sitúan, de nuevo, a la entrada del paraíso. Pero hay una diferencia respecto a aquella poesía impoluta: se trata de esta doble tensión: la humana y la divina. Rosales, al filo ya del abismo, se resiste a salir del Edén; pero, lejos de la asepsia de los poetas anteriores, trata de llenarlo de espesura cordial y de Absoluto. Es su contribución a las convulsiones que empiezan a fraguarse: frente a una historia que se precipita al caos, la contrapropuesta de una cosmovisión articulada por Alguien que trasciende las bajezas partidistas y que, más allá de lo contingente, “ata la sangre al misterio”.

No necesito añadir que los acontecimientos hicieron impracticable, de inmediato, tal utopía. Los que vinieron fueron tiempos arrasadores. Nada, para los coetáneos de Rosales, sería ya lo mismo. Personalmente, la guerra y la inmediata posguerra le infligieron golpes difíciles de sobrellevar. Es muy conocido el martirio de Lorca, refugiado en la propia casa de Rosales y arrebatado de ella por manos asesinas. Su muerte supuso para el autor de Abril un laberinto de espanto del que no pudo regresar. Menos instalado en la memoria comunitaria está el asesinato de otro gran íntimo de Rosales: Joaquín Amigo - “él me enseñó a vivir”-, despeñado, ahora a manos republicanas, por el Tajo de Ronda, unos días después de la muerte de Federico. Fallece también, en 1937, su entrañable condiscípulo Juan Panero y ni siquiera con el final de la guerra cesa, para él, el germinar de la muerte: así, a principios de 1941, con cinco días de diferencia, desaparecen sus padres, doña Esperanza Camacho y don Miguel Rosales.

No es de extrañar, pues, que Rimas, el poemario que ocupa a nuestro poeta entre los años 1937 y 1951, constate con amargura este resquebrajamiento que es, a la vez, personal y colectivo. Escribe entonces, dice, “para reunirme el alma”, esto es, para tratar de fijar en la escritura ese ser disperso que, con cada tragedia, se le está fugando a chorros. Pero escribe también para dejar fe notarial de una angustia que la poesía refleja en nombre de cuantos no pueden expresarla: “...sufrimos tanto, / Señor, que ahora ya somos / hermanos en la cruz”. Rimas es un gran libro precisamente porque recoge -sin aspavientos, en voz baja- el horror colectivo. Y por algo más: porque, frente al arrasamiento y frente al caos, este libro propugna la consideración del hombre como sujeto histórico, cuya misión prioritaria en tiempos sombríos es -recuerda Rosales- la reconstrucción material y ética del mundo “para amarlo de nuevo”.

Tales claves reconstructoras cuajarán, de forma imborrable, en La casa encendida, libro que aparece ante nuestra mirada tan joven como el día en que fue impreso. Se trata, ante todo, de la propuesta prometeica -que me perdonen los poetas sociales- más fascinante de la poesía contemporánea. Así, Rosales parte de una casa -que es la casa familiar y es la casa común- atormentada por las sombras, por los escombros y por la ausencia de los muertos. Pero he aquí que, paso a paso, “como un cabo de vela que se enciende con otra”, cada habitación acaba iluminándose hasta hacerse lengua, casa y patria encendidas: triple propuesta redentora. Son míticos los últimos versos:

Al día siguiente
-hoy-, al llegar a mi casa -Altamirano, 34-era de noche
y al mirar hacia arriba,
vi iluminadas, obradoras, radiantes, estelares
las ventanas
-sí, todas las ventanas-;
gracias, Señor, la casa está encendida.
Eso ha sido Rosales: abanderado de la libertad verbal, constructor de utopías, espejo de una época inhóspita. Cada vez más comprometidos con la palabra y con el hombre, van sucediéndose otros libros, entre los que destacan Diario de una resurrección (1979) y la ineludible trilogía La carta entera. Reconfortaría una pasada de los jóvenes por éstas y otras obras de Rosales. Su lectura los vacunaría contra aletargamientos y lugares comunes. Poeta y raíz, nos lleva al subsuelo mismo de nuestra lengua. Escuchémoslo de una vez. Ha padecido ya un purgatorio más que suficiente.
Antonio SÁNCHEZ ZAMARREÑO