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sábado, 8 de marzo de 2014

Leopoldo María Panero, punto y final

El escritor Antonio Rivero Taravillo nos recuerda a Leopoldo María Panero, recientemente fallecido.

Ha muerto Leopoldo María Panero. Ha sido una semana luctuosa para la poesía española dentro de un comienzo de año particularmente fúnebre en lo que hace a la escrita en nuestra lengua, pues se ha llevado, con guadaña afilada a cada poco, a Juan Gelman, José Emilio Pacheco, Fernando Ortiz y Félix Grande. Ana María Moix, antigua amiga de correrías, moría pocos días antes que él, de forma que de repente el grupo incluido en la influyente antología de José María Castellet (también recientemente fallecido) Nueve novísimos poetas españoles ha tenido dos bajas (con la de Manuel Vázquez Montalbán, un tercio ya de aquella nómina).
         Pero además de a los novísimos, también pertenecía el recién desaparecido a otro grupo de poetas: el de su propia familia. Poeta fue su hermano Juan Luis (muerto hace pocos meses), y poetas su padre, Leopoldo, sobre el que luego volveré más detenidamente, y su tío Juan, fallecido en 1937 en accidente de carretera y que los lectores de Luis Rosales, amigo suyo, recordarán porque el granadino lo lleva a hombros de su memoria emocionada hasta los versículos de La casa encendida. A este Juan, cuyo único libro publicado en vida (Cantos del ofrecimiento) se lo editó Manuel Altolaguirre en sus ediciones Héroe en mayo de 1936, le dedicó su hermano Leopoldo, padre del difunto de hoy, el poema “Adolescente en sombras” en 1938.
         Pero pasemos a quien fue -antes de que los hijos empezaran a publicar, y prácticamente olvidado ya el malogrado Juan- “el poeta Panero”: Leopoldo, amigo de César Vallejo o Cernuda, con quien cruzó un mensaje Aleixandre para quedar e ir junto a Cernuda a la celebración de la llegada de la República en abril de 1931, ese instante de promesas, y que algunas simpatías izquierdistas tendría cuando fue acusado por los nacionales al estallar la guerra de recolectar dinero para Socorro Rojo. Es sabido que fue encarcelado y que solo la mediación de Unamuno y, en última instancia, Carmen Polo, pariente lejana de la familia, hizo posible que fuera puesto en libertad. Luego, como otros, al parecer se afilió a Falange; pero de ahí a poder afirmar que fuera falangista por convicción dista mucho.
         Cierto que, como Montes, Alfaro, Manuel Machado, Cunqueiro o Gerardo Diego participó en la famosa Corona de sonetos en homenaje a José Antonio Primo de Rivera. Y que desempeñó un puesto señalado en el Instituto de España en Londres, ciudad donde su primo Pablo de Azcárate dirigía el otro Instituto Español (el republicano). En Londres conoció a T. S. Eliot, cuya complicidad quiso granjearse con buenos caldos españoles pertenecientes a la bodega de la legación, y también allí retomó la amistad con Cernuda, lo que no impidió que reprochara a este con una furibunda salida de tono el haber escrito el poema “La familia”, donde no quedaba bien parada la institución. De ese contacto con el poeta sevillano, salvado el incidente, quedaron el imposible idilio que su esposa, Felicidad Blanc, creyó que hubo entre ella misma y Cernuda y alguna evocación, en verso o prosa, de su hijo mayor: Juan Luis.
         Al tercero en discordia, Michi, le cupo el dudoso honor de vivir como el que más la Movida madrileña y de irse puliendo la rica biblioteca paterna, que Andrés Trapiello (leonés también y una de las personas que más sabe sobre la familia) recuerda haber visto íntegra así como, penosamente, durante su proceso de desintegración. Lo cuenta en desoladoras estampas de su Salón de pasos perdidos.


Sitting Bull, quien inspiró uno de los mejores poemas
de Leopoldo María Panero

 Nos queda, pues, Leopoldo María (el que ya tampoco nos queda tras el colapso multiorgánico), el más alocado ya desde la imagen que nos ofreció de sí mismo en esa película terrible de Jaime Chávarri, El desencanto (1976), donde viuda y huérfanos parecían solicitar, “repaso” al padre mediante, una fe de vida para los tiempos nuevos democráticos, una suerte de limpieza de sangre  o sangrado aplicada la sanguijuela directamente al corazón: es decir, al padre.
         Los diarios e Internet abundan estos días en necrológicas de Leopoldo María Panero: todas resaltan su condición de fumador de grifa, de loco, de homosexual que hizo uso de chaperos miserables (no tenía el dinero de Jaime Gil de Biedma), de principal consumidor de Coca-Cola de toda España que seguro que ahora, ido él, entra en números rojos). De su poesía, sin embargo, se dice poco. Porque es poco lo que se lee. A grandes rasgos se puede afirmar que comenzó siendo un excelente poeta transgresor y que luego la escritura de versos y otras líneas se convirtió en una especie de terapia que tal vez sus editores debían de haber racionado más, seleccionándola. Así se fundó Carnaby Street está entre lo mejor suyo.
         Muchos lo vieron por última vez hace año y medio en Cosmopoética, donde dio una vez más el espectáculo que tantos sin piedad deseaban ver entrando y saliendo de la sala de la Filmoteca durante una proyección de esa obra cinematográfica por la que muchos lo conocieron; o interrumpiendo una vez y otra a los compañeros en una mesa redonda, pacientemente atendido por el catedrático y editor de su poesía Túa Blesa y por la amiga que esos días se ganó el cielo junto con la admiración –era además guapa– de los asistentes.
         Desvariaba. Antiguos amigos lo rehuían, como el poeta loco inglés John Clare se lamentaba en un poema que él vertió muy libremente pero desde la íntima identificación con el enajenado. Se reía con unas carcajadas como no las hay en el infierno. A mí, con ese acento entre cheli y algo batasuno (este último timbre se le pegaría como una enfermedad infecciosa en el manicomio de Mondragón) me preguntó en el restaurante en que parábamos a la hora de la cena si yo era policía. 
       Cada vez que muere alguien se ciñe un punto al final de su biografía como un botón negro que la cierra. Los sucesivos muertos en la familia van, paradójicamnete, señalando un camino de puntos suspensivos: el linaje continúa. Pero la muerte de Leopoldo María Panero, el último de los tres hermanos, el eslabón final, si oxidado y roto, de esa cadena, lo que señala es un solitario y ya jamás continuado punto y final.
Antonio Rivero Taravillo.

miércoles, 2 de junio de 2010

Poeta y raíz Rosales 100 años Por Antonio Sánchez Zamarreño


Tiznado por la sombra de una culpa ajena -la traición, la muerte de García Lorca-, Luis Rosales (31 de mayo de 1910-octubre de 1992) resurge, en vísperas de su centenario, como creador al filo del abismo político, cultural y humano que fueron nuestra guerra civil y el siglo XX. Luis María Anson y Antonio Sánchez Zamarreño, máximo especialista en su obra, dan las claves para comprender al poeta; Félix Grande, amigo cierto en horas inciertas, retrata una noche de poemas y amistad, y siete poetas eligen sus versos favoritos del poeta andaluz.

Sería triste que les pasara desapercibido a las nuevas generaciones el centenario de un poeta tan señero como es Luis Rosales (Granada, 1910 -Madrid, 1992): lo sería, sobre todo, porque a ellas está dirigida su obra, tan llena de voluntad de futuro y de caminos que sería necesario explorar. Sé muy bien que este año se hacen también urgentes otros recordatorios -el de Miguel Hernández- que puedan parecerles más atractivos por el solo hecho de haber sido mejor publicitados. Pero la casa de la poesía tiene muchas estancias y en la que espera Rosales es una de las más luminosas del siglo XX. A los jóvenes les subyugará una palabra que, por su maravillosa orquestación, tardará mucho tiempo en acabarse de decir: esto es, nunca acabará de decirse, porque los materiales con los que fue forjada -la música y el hombre- nunca serán perecederos en poesía.

Surge la de nuestro poeta en un tiempo que tuvo como misión clausurar paraísos. Habían pasado ya aquellos ojos -recuérdese a Jorge Guillén- que vieron un mundo deletreado por la luz. Eran los años treinta y ya las sombras se cernían sobre una historia que iba conocer días terribles. El jovencísimo Rosales comprende de inmediato que ese vacío que empieza a constatar alrededor sólo puede llenarse de trascendencia. Y eso es su primer libro, Abril, publicado en 1935. Para un lector desavisado, esta escritura seguiría pautas ya transitadas en la década anterior por la llamada “poesía pura”. Efectivamente, el tono general del libro así parece sugerirlo: su condición de cántico (“¡oh maravilla sin huella!”), la apelación constante a la luz, el asombro, en fin, “ante el cielo y la espiga y la brizna de hierba” nos sitúan, de nuevo, a la entrada del paraíso. Pero hay una diferencia respecto a aquella poesía impoluta: se trata de esta doble tensión: la humana y la divina. Rosales, al filo ya del abismo, se resiste a salir del Edén; pero, lejos de la asepsia de los poetas anteriores, trata de llenarlo de espesura cordial y de Absoluto. Es su contribución a las convulsiones que empiezan a fraguarse: frente a una historia que se precipita al caos, la contrapropuesta de una cosmovisión articulada por Alguien que trasciende las bajezas partidistas y que, más allá de lo contingente, “ata la sangre al misterio”.

No necesito añadir que los acontecimientos hicieron impracticable, de inmediato, tal utopía. Los que vinieron fueron tiempos arrasadores. Nada, para los coetáneos de Rosales, sería ya lo mismo. Personalmente, la guerra y la inmediata posguerra le infligieron golpes difíciles de sobrellevar. Es muy conocido el martirio de Lorca, refugiado en la propia casa de Rosales y arrebatado de ella por manos asesinas. Su muerte supuso para el autor de Abril un laberinto de espanto del que no pudo regresar. Menos instalado en la memoria comunitaria está el asesinato de otro gran íntimo de Rosales: Joaquín Amigo - “él me enseñó a vivir”-, despeñado, ahora a manos republicanas, por el Tajo de Ronda, unos días después de la muerte de Federico. Fallece también, en 1937, su entrañable condiscípulo Juan Panero y ni siquiera con el final de la guerra cesa, para él, el germinar de la muerte: así, a principios de 1941, con cinco días de diferencia, desaparecen sus padres, doña Esperanza Camacho y don Miguel Rosales.

No es de extrañar, pues, que Rimas, el poemario que ocupa a nuestro poeta entre los años 1937 y 1951, constate con amargura este resquebrajamiento que es, a la vez, personal y colectivo. Escribe entonces, dice, “para reunirme el alma”, esto es, para tratar de fijar en la escritura ese ser disperso que, con cada tragedia, se le está fugando a chorros. Pero escribe también para dejar fe notarial de una angustia que la poesía refleja en nombre de cuantos no pueden expresarla: “...sufrimos tanto, / Señor, que ahora ya somos / hermanos en la cruz”. Rimas es un gran libro precisamente porque recoge -sin aspavientos, en voz baja- el horror colectivo. Y por algo más: porque, frente al arrasamiento y frente al caos, este libro propugna la consideración del hombre como sujeto histórico, cuya misión prioritaria en tiempos sombríos es -recuerda Rosales- la reconstrucción material y ética del mundo “para amarlo de nuevo”.

Tales claves reconstructoras cuajarán, de forma imborrable, en La casa encendida, libro que aparece ante nuestra mirada tan joven como el día en que fue impreso. Se trata, ante todo, de la propuesta prometeica -que me perdonen los poetas sociales- más fascinante de la poesía contemporánea. Así, Rosales parte de una casa -que es la casa familiar y es la casa común- atormentada por las sombras, por los escombros y por la ausencia de los muertos. Pero he aquí que, paso a paso, “como un cabo de vela que se enciende con otra”, cada habitación acaba iluminándose hasta hacerse lengua, casa y patria encendidas: triple propuesta redentora. Son míticos los últimos versos:

Al día siguiente
-hoy-, al llegar a mi casa -Altamirano, 34-era de noche
y al mirar hacia arriba,
vi iluminadas, obradoras, radiantes, estelares
las ventanas
-sí, todas las ventanas-;
gracias, Señor, la casa está encendida.
Eso ha sido Rosales: abanderado de la libertad verbal, constructor de utopías, espejo de una época inhóspita. Cada vez más comprometidos con la palabra y con el hombre, van sucediéndose otros libros, entre los que destacan Diario de una resurrección (1979) y la ineludible trilogía La carta entera. Reconfortaría una pasada de los jóvenes por éstas y otras obras de Rosales. Su lectura los vacunaría contra aletargamientos y lugares comunes. Poeta y raíz, nos lleva al subsuelo mismo de nuestra lengua. Escuchémoslo de una vez. Ha padecido ya un purgatorio más que suficiente.
Antonio SÁNCHEZ ZAMARREÑO

jueves, 6 de mayo de 2010

Luis Rosales, de la generación del 36: el reconocimiento del poeta suprimido



20 MINUTOS



PAULA ARENAS. 06.05.2010 - 09.26 h
Complicada figura la de este poeta que hubiera cumplido 100 años el próximo 31 de mayo y a quien se dedica una exposición en el centro cultural que lleva el nombre de su obra maestra, La casa encendida, publicada en 1949. Viajará después la muestra a Granada y a Santiago. El título, igual que una de sus obras, claramente poética pero escrita en prosa, El contenido del corazón, editada en 1969.
Al nombre Luis Rosales aún le cuesta deshacerse de sus 'males'
El documental Así he vivido yo, que completa la exposición, trata de desmentir el constante rumor acerca de su relación con la detención de Federico García Lorca (estaba refugiado en casa de los Rosales, de ideología falangista, cuando fue apresado). No son pocos los frentes que arrastra abiertos el poeta y que oscurecen su obra.
Ha habido otros escritores, hoy considerados imprescindibles, a quienes se ha perdonado o en los que no ha pesado tanto como para condenar sus letras. Pero al nombre Luis Rosales (Granada, 31 de mayo 1910, Madrid, 26 de abril de 1992) aún le cuesta deshacerse de sus 'males'.
La generación tachada
Fue uno de los destacados de la generación del 36 (Leopoldo Panero, Luis Felipe Vivanco, Dionisio Ridruejo...) y uno de nuestros imprescindibles de la posguerra, y aunque él mismo supiera que era parte de un grupo poético obligado y destinado a la supresión, conservaba esperanzas en el futuro.
"Sobre esta generación ha girado la historia española", respondía el poeta a Dragó cuando lo entrevistó con motivo de la concesión del Cervantes en 1982, "ha girado como hacen las puertas, forzando el interior y dejando el gozne en el vacío". Añadía la condena a que estaban destinadas sus letras y las de los suyos: "No hay una puerta histórica que gire sino creando un vacío y nosotros hemos sido la generación suprimida, el vacío que necesitaba la historia para seguir siendo historia".
Algún día tendrá esta generación el reconocimiento, el que sea, pero lo tendrá
Sin embargo, él creía en el poder curativo del tiempo, en el hueco por el que quizá se colaría en el futuro el reconocimiento: "Algún día tendrá esta generación el reconocimiento, el que sea, pero lo tendrá. Hicimos un esfuerzo por la continuidad de la cultura". Ahí justo reside la clave de la poesía arraigada con que se ha bautizado la producción de estos poetas. Era una poesía intimista, centrada en lo cotidiano: la familia, la amistad, el hogar, la costumbre, la rutina. Versos con arraigo de quienes se quedaron en España tras la guerra y siguieron publicando.
Fue la publicación de Abril, en 1935, su comienzo oficial en la poesía. El inicio de un poeta que cantó mucho a las cosas pequeñas y cuya poesía ganó en serenidad a medida que pasaron los años. José Bergamín, su amigo, su maestro y su editor, fue quien publicó aquella primera obra de Rosales. Inauguraba con ella la colección en la que irían después poetas como Alberti o Neruda. "Esto me ayudó mucho. Fui publicado en la misma colección en la que saldrían importantes poetas", reconoció. Después vendrían, entre otros, Retablo de Navidad (1940), La casa encendida (1949), Rimas (1951), Diario de una resurrección (1979) y La carta entera (1980).
Un derrame cerebral, que no le costó la vida, interrumpió su escritura y le afectó al habla. Una de las jugarretas del destino. Cuando ya no sólo contaba con un lugar en nuestra cultura sino también en la Real Academia Española (fue nombrado en 1962), le llegaba una dura prueba. Volvió sin embargo a publicar en algunos medios. Y siguió esforzándose por recuperar la normalidad.
Con los pies descalzos
De Bergamín se quedó siempre con una de sus enseñanzas iniciales. "Le dije un día: tengo mucha dificultad en expresar con palabras lo que pienso. Y Bergamín me respondió: Luis, no se escribe con ideas, se escribe con palabras".
Ya mayor reconocería Rosales la verdad de aquella respuesta. Y no sería lo único: llegó a confesar que lo más difícil de todo había sido mantener la vocación de poeta y la mayor tentación, intentar buscar la popularidad. Sobre todo porque el suyo ha sido siempre el género más difícil, más ingrato, más pobre: "La poesía es la más desvalida y menesterosa, anda siempre con los pies descalzos".
He escrito miles y miles de páginas en prosa. He estado media vida... pero siempre me dirán el poeta Rosales
Acaso por ello defendía tanto su faceta como prosista: "He escrito miles y miles de páginas en prosa. He estado media vida... pero siempre me dirán el poeta Rosales".
Apasionado admirador de nuestro más ilustre escritor, le dedicó una de sus obras en prosa: Cervantes y la libertad. La razón: "Jamás ha habido en España un escritor que se haya desenfadado tanto, que haya jugado tanto, que haya trabajado una materia sin hacer, que se haya afirmado y que se haya desmentido tanto como Cervantes".
También en prosa fue la labor que le dio de comer: el periodismo. Y le gustaba tanto que se reivindicaba periodista: "Profesionalmente he sido periodista. No he hecho otra cosa. Mi profesión, periodismo, y mi deseo, periodista. He sido eso vocacional y profesionalmente". Fundó Jerarquía, trabajó en Escorial, colaboró en Isla y Vértice, y dirigió Cuadernos Hispanoamericanos.
Son sin embargo sus versos los que resisten: "El dolor es un largo viaje/ es un largo viaje que nos acerca siempre/ que nos conduce al país donde todos los hombres son iguales".
Autor del año 2010
No son muchos los actos o celebraciones que con motivo de su centenario se están realizando, y tampoco encontramos ediciones de muchas de sus obras (incluidas y sobre todo las fundamentales), que en su mayoría están agotadas. Sólo la antología que hizo de Rosales el poeta Félix Grande en Porque la muerte no interrumpe nada (Sibilina). Sin embargo, Andalucía, tierra del granadino, ha querido nombrarlo Autor del Año 2010. Con esta mención especial al poeta, otorgada en años pasados a Alberti, Ayala, Lorca, Cernuda o María Zambrano, se intenta dar a su figura la altura merecida: la de los nombres más relevantes de nuestra cultura.

No pases de...

Una peli
Domingo de carnaval: No fueron los años de Rosales muy buenos para nuestro cine (ni para ningún arte), pero cabe rescatar a Edgar Neville, director que en aquellos años estrenó varias películas. No todas han pasado a la modernidad en forma de DVD, pero Domingo de carnaval se ha salvado. El punto de partida: un sereno de Madrid encuentra el cadáver de una adinerada prestamista. Vértice, 11,95 €
Un disco
Vestido de luces: Este cantaor flamenco puso música a los versos de Luis Rosales en el homenaje al poeta que se llevó a cabo el pasado sábado en La Casa Encendida. En Vestido de luces se sirve de los textos de grandes autores españoles como Gerardo Diego, Antonio Murciano y Ángel Peralta. En palabras del poeta Félix Grande: "Paco del Pozo canta con la fuerza de su juventud y con la sabiduría de un anciano". Harmonía 9,90 €
Un libro
La casa encendida: Recoge, junto con El contenido del corazón, Diario de una resurrección y La carta entera, la esencia de la obra del autor, imprescindible para acercarse a su poesía. En La casa encendida repasa el poeta su propia experiencia a través de sus queridos versos libres y la combinación de lo coloquial con las metáforas más vanguardistas. Denes, 8,55 €