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lunes, 15 de julio de 2013

DESDE MI LUCERO en homenaje a Rafael García Serrano





DESDE MI LUCERO

Mirad que le he dado vueltas a todo esto pero aún no consigo entender por qué me hice falangista. Al menos no del todo. Sé que fue la voz clara y recia de José Antonio en La Comedia, cuando lo escuché asombrado y entusiasmado por la radio mientras tomaba unos chatos y unos pinchos en un barecito del Madrid en el que estudiaba, en la Corredera Alta, junto a otros estudiantes navarros. Yo, que era tan joven aún, que ni siquiera asistí a ese acto en el que se inauguraba un futuro en el que muy pocos creían, me uní con el pensamiento y el alma a esos nuevos camisas azules que pronto comenzaron a hablarnos de luceros, y de sueños nuevos, justicia y patria sobre todo, servicio, sacrificios, y un futuro inimaginable.
            Todo esto lo he contado, quizá más veces de las debidas, porque fui escritor (uno dijo una vez que un escritor arbitrario y vehemente, apasionado o irrazonable, “como todo escritor de raza”; pero no nos fiemos que aquel voceras era levantino o murciano, que ya no recuerdo, aunque más bien de la parte de Murcia, seguramente, pues tenía un raro apellido: Campmany); el caso es que fui escritor y no dejaba descansar la pluma ni en los malos tiempos, que vinieron, claro que vinieron, cuando muchas Itálicas fueron “destruidas fulminantemente”.
El caso es que hubo un día, “feliz entre los días”, en que ya embadurnado hasta los topes del falangismo más bravo y fiero que cabe imaginar, sí, pero también muy dulce y generoso como pocos podían suponer, un día en que acudí a la Plaza del Castillo al toque de aquella corneta por una vez melodiosa que nos convocaba a la mejor de las aventuras que pude haber vivido. Yo no me concentré allí para acudir a una guerra civil (que de lo de la guerra civil y de los muchos años que duró se encargaron los comunistas y demás ralea); yo acudí a esa plaza para compartir con los monárquicos con boina (los románticos requetés) un sueño que en ese entonces nos unía y que en ese preciso día de julio solamente era salvar a la Patria del desastre que se avecinaba. Luego paseé por ese otro desastre que fue la guerra y de la que el mismo escritor, ¿murciano?, dijo que fui un empedernido romántico, con mi macuto siempre a cuestas.
            Yo sobreviví a duras penas a aquellos terribles años de guerra. Hubo mucho odio, muchos fusilamientos con piquete o sin él, por libre. Y vino la paz que quería José Antonio. Lo que pasó es que a muchos de los que sobrevivimos a aquella barbaridad, luego, cuando regresó el enemigo a la poltrona sucia del poder de la mano o del guante de un Borbón, a muchos, como a mí, se nos fusiló “a salivazos”.
            Pasó todo eso y pasaron muchas otras cosas. Pero yo vine aquí para contar por qué me hice falangista y es fácil de explicar con lo que sigue. Sé que hace poco, en una revista literaria de Sevilla, publicada en Internet (puede ser La clave cultural), se habla de mí, de Rafael García Serrano, y se recuerda que un día marché con mis dos hijos a misa para rezar por un fusilado que no era José Antonio esta vez, que no era la luz a la que me aferré un día para siempre, hasta que llegó el invierno de mis días, pero que también murió tiroteado defendiendo sus ideas. Era el Che Guevara.
           
 Por eso aquel escritor, posiblemente murciano y de extraño apellido, quizá escribió sobre mí que para ser fanático a RGS “le sobraba la ternura y el amor y la comprensión hacia los que defendían las otras banderas”. 

José Manuel Sánchez del Águila Ballabriga

miércoles, 10 de julio de 2013

El mejor corredor de los Sanfermines fue...

Plaza del Castillo


Un jovencísimo Rafael García Serrano


De “bronco y valioso narrador navarro”, lo califica José Carlos Mainer en Falange y literatura. Y en su imprescindible Las armas y las letras Andrés Trapiello recuerda sus “novelas vigorosas” y lo retrata, se ve que con indisimulada antipatía, de esta guisa: “Su temperamento, de naturaleza rifeña, es harto brusco, y su prosa, cuajada de casticismos, tiene esa impronta tan falangista, quizá navarra al estilo de José María Iribarren, que es envolver besos en coces, interjectada cada cinco líneas por un par de tacos, que suenan siempre, en medio de la página, como petardo pedregoso y extravagante, lo que García Serrano compensa con arrobamientos de corte lírico, todo lo cual convierte su prosa en algo alucinante, efusivo y personal.”
Estos días, con los encierros de Pamplona empitonando la calles Estafeta de la tele, me he acordado de él, que escribió la gran novela sobre ellos y todo lo que los rodea, o habrá que decir lo que los rodeaba, que han pasado bastantes décadas desde su publicación y más de los acontecimientos que recrea. A un escritor rojo hay que medirlo por su escritura; a uno azul, por lo mismo. Que los haya habido más de la primera cuerda no debe hacer olvidar a los de la segunda, que además tienen en contra a la opinión hoy dominante.
Hay aspectos de Rafael García Serrano que me lo acercan a Ford. Si la trilogía de la Caballería americana tiene su correlato en la trilogía (bien que sin intención unitaria) sobre la Guerra Civil que el navarro llamaba “ópera Carrasclás” (Eugenio o proclamación de la primavera, La fiel infantería y esta Plaza del Castillo), su humanidad, su empatía con el otro le hacen sentir, con Ford, que el enemigo es alguien a quien se combate, no a quien se odia. En Plaza del Castillo, los jóvenes pamplonicas como García Serrano se unen al rebelde general Mola no solo para salvar España, con frase solemne y levatisca, sino también “porque se van todos los amigos” en una escena que me recuerda a otra de las más hermosas que despliega Misión de audaces: aquella magistral en la que el hibernoamericano, que donde ponía el parche ponía la bala, retrata a los cadetes del Sur marchando al frente como casi en un juego (que acabaría en tragedia, como en España, después, pasada la euforia de las primeras descargas, y no solo de fusilería sino de adrenalina).
Y hablando de otro yanqui, el Fiesta de Hemingway no es superior a Plaza del Castillo, que forma en ese pequeño batallón de novelas que ostentan nombres de plazas en sus títulos, como La plaza del Diamante de Mercè Rodoreda o Berlin Alexanderplatz de Alfred Döblin. Escrita en 1951, la acción cubre desde las vísperas de los Sanfermines de 1936 hasta el día posterior al alzamiento. Se ha señalado que su estructura es coral, predecesora en ello de La colmena. Reproduce caracteres, tipos, ambientes, tiene la llave de lo local y grita no como un guiri: ¡Gora San Fermín!
Escritor de rompe y rasga, destructor de moldes en que encajan como un guante los perezosos que todo lo ven blanco o negro, falangista que tuvo problemas con la censura durante el régimen de Franco, Rafael García Serrano fue el tipo que una mañana temprano llevó a sus dos hijos a misa a rezar por un hombre que acababa de morir tiroteado defendiendo sus ideas. Un héroe, les dijo. No, no era José Antonio Primo de Rivera sino Ernesto Ché Guevara.
Antonio Rivero Taravillo 
 http://fuegoconnieve.blogspot.com.es/2013/07/plaza-del-castillo.html