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martes, 4 de junio de 2013

Murió 'La Vaquilla', viva 'La Mula'

Por su interés reproducimos esta crónica de la pasada feria del libro de Sevilla a cargo de Paco Correal en Diario de Sevilla.

 Calle Rioja

Murió 'La Vaquilla', viva 'La Mula'

Feria del Libro. El escritor Juan Eslava Galán firmó ejemplares de sus libros y anunció que deja Barcelona y se marcha a Madrid cerca de donde Gimferrer habló el pasado sábado.
 
 Francisco Correal 

CUANDO apareció Pere Gimferrer por la Plaza Nueva, recordé lo que Antonio Muñoz Molina contaba en el libro conmemorativo del centenario de Seix Barral. Cómo cambió la vida del novelista de Úbeda el día que el autor catalán, uno de los novísimos de Castellet, fue a Granada a pronunciar una conferencia y un amigo de Muñoz Molina le entregó al editor y poeta un ejemplar de El Robinson urbano, una colección de artículos que el futuro académico y director del Instituto Cervantes de Nueva York había publicado en el Diario de Granada.

Justo frente a la pérgola en la que Gimferrer se puso a hablar el pasado sábado, alentado por Jesús Vigorra, firmaba ejemplares de sus libros Juan Eslava Galán. Un par de horas antes de que el Madrid le regalara la Liga al Barça en el campo del Espanyol, el escritor de Arjona (otro de Jaén que ganó el Planeta) me decía que está preparando las maletas para dejar Barcelona e instalarse en Madrid. "Se está poniendo allí la cosa muy fea". Y eso que se le cae la baba de flamante abuelo de Minerva, la hija de su hija Diana con la que Eslava Galán ha escrito un delicioso libro de recetas de cocina. Minerva es el nombre de la librería que ocupaba el puesto 16 de la Feria del Libro.

Esta Feria del Libro ha estado llena de coincidencias. En Eslava Galán se cruzan las generaciones. El padre de Diana podía serlo perfectamente del actor Mario Casas, que interpreta al padre del novelista, al acemilero al que Eslava retrató en la novela La Mula que después de muchos avatares ha llegado a las pantallas. Parece una metáfora de ese portal de Belén despoblado de fauna en la incorrecta lectura del libro de Ratzinger: el duelo en La Vaquilla con la muerte de Alfredo Landa se mitiga con la vida nueva de La Mula, zoología de la guerra civil, esa época en la que a los españoles les dio por comportarse como animales.

Se juntaron en la Feria del Libro tres anarquistas. El bueno, el malo y el fortuito. Los dos primeros son de la cosecha de Alfonso Domingo, antiguo compañero de la trinchera periodística. Después de ganar el Ateneo de Sevilla de novela, ha hecho lo propio con el Ateneo de Valladolid con la novela El enigma de Tina. La historia de una vedette que introdujo el jazz en España, una historia de novela negra en la que aparece un anarquista sevillano, Abel Domínguez, de Salteras. Ya se ocupó Domingo del más generoso de los anarquistas, Melchor Rodríguez, el ángel Rojo, ese sastre trianero que salvó a miles de falangistas y "burgueses" cuando estuvo al frente de la Dirección General de Instituciones Penitenciarias en plena guerra civil. Alfonso se adentró en el personaje, con placa en Triana y calle en Sevilla Este, y su investigación la menciona Paul Preston en El holocausto español.

Al tercer anarquista lo trajo a la Feria el joven autor Pablo Martín Sánchez. No lo encontró en los archivos de la CNT ni en Tuñón de Lara, sino en el Google cuando escribió su propio nombre. De ahí el título de su novela, El anarquista que se llamaba como yo. La librera Esperanza Alcaide lo hizo coincidir con Jesús Carrasco, autor de Intemperie, en una galería de autores noveles conducida por Alejandro Luque y Manuel Pedraz y después los puso a firmar juntos en El Gusanito Lector: uno calvo, otro con abundante cabellera, como Bobby Charlton y George Best. Alguien le preguntó a la librera por la Carta a los Corintios. ¿Perdón?, respondió incrédula Esperanza. Como estaban juntos Pablo y Jesús.

Javier Compás buscaba la caseta donde firmaba Julio Anguita y Víctor Manuel de la Portilla buscaba libros infantiles en Rayuela, librería con el nombre de la novela de Cortázar que cumple sus bodas de oro. Compatriota de la reina de Holanda, del Papa de Roma y del Pichichi de Canaletas.






http://www.diariodesevilla.es/article/sevilla/1522314/murio/la/vaquilla/viva/la/mula.html

miércoles, 25 de mayo de 2011

La visión de la actualidad política española de Antonio Muñoz Molina


Por su interés y actualidad, reproducimos este artículo de Antonio Muñoz Molina publicado en su blog.



http://antoniomuñozmolina.es/2011/05/hora-de-despertar/

Hora de despertar

He pensado desde hace muchos años, y lo he escrito de vez en cuando, que España vivía en un estado de irrealidad parcial, incluso de delirio, sobre todo en la esfera pública, pero no solo en ella. Un delirio inducido por la clase política, alimentado por los medios, consentido por la ciudadanía, que aceptaba sin mucha dificultad la irrelevancia a cambio del halago, casi siempre de tipo identitario o festivo, o una mezcla de los dos. La broma empezó en los ochenta, cuando de la noche a la mañana nos hicimos modernos y amnésicos y el gobierno nos decía que España estaba de moda en el mundo, y Tierno Galván -¡Tierno Galván!- empezó la demagogia del político campechano y majete proclamando en las fiestas de San Isidro de Madrid aquello de “¡ El que no esté colocao que se coloque, y al loro!” Tierno Galván, que miró sonriente para otro lado, siendo alcalde, cuando un concejal le trajo pruebas de los primeros indicios de la infección que no ha dejado de agravarse con los años, la corrupción municipal que volvía cómplices a empresarios y a políticos.
Por un azar de la vida me encontré en la Expo de Sevilla en 1992 la noche de su clausura: en una terraza de no sé qué pabellón, entre una multitud de políticos y prebostes de diversa índole que comían gratis jamón de pata negra mientras estallaban en el horizonte los fuegos artificiales de la clausura. Era un símbolo tan demasiado evidente que ni siquiera servía para hacer literatura. Era la época de los grandes acontecimientos y no de los pequeños logros diarios, del despliegue obsceno de lujo y no de administración austera y rigurosa, de entusiasmo obligatorio. Llevar la contraria te convertía en algo peor que un reaccionario: en un malasombra. En esos años yo escribía una columna semanal en El País de Andalucía, cuando lo dirigía mi querida Soledad Gallego, a quien tuve la alegría grande de encontrar en Buenos Aires la semana pasada. Escribía denunciando el folklorismo obligatorio, el narcisismo de la identidad, el abandono de la enseñanza pública, el disparate de un televisión pagada con el dinero de todos en la que aparecían con frecuencia adivinos y brujas, la manía de los grandes gestos, las inauguraciones, las conmemoraciones, el despilfarro en lo superfluo y la mezquindad en lo necesario. Recuerdo un artículo en el que ironizaba sobre un curso de espíritu rociero para maestros que organizó ese año la Junta de Andalucía: hubo quien escribió al periódico llamándome traidor a mi tierra; hubo una carta colectiva de no sé cuantos ofendidos por mi artículo, entre ellos, por cierto, un obispo. Recuerdo un concejal que me acusaba de “criminalizar a los jóvenes” por sugerir que tal vez el fomento del alcoholismo colectivo no debiera estar entre las prioridades de una institución pública, después de una fiesta de la Cruz en Granada que duró más de una semana y que dejó media ciudad anegada en basuras.
El orgullo vacuo del ser ha dejado en segundo plano la dificultad y la satisfacción del hacer. Es algo que viene de antiguo, concretamente de la época de la Contrarreforma, cuando lo importante en la España inquisitorial consistía en mostrar que se era algo, a machamartillo, sin mezcla, sin sombra de duda; mostrar, sobre todo, que no se era: que no se era judío, o morisco, o hereje. Que esa obcecación en la pureza de sangre convertida en identidad colectiva haya sido la base de una gran parte de los discursos políticos ha sido para mí una de las grandes sorpresas de la democracia en España. Ser andaluz, ser vasco, ser canario, ser de donde sea, ser lo que sea, de nacimiento, para siempre, sin fisuras: ser de izquierdas, ser de derechas, ser católico, ser del Madrid, ser gay, ser de la cofradía de la Macarena, ser machote, ser joven. La omipresencia del ser cortocircuita de antemano cualquier debate: me critiacan no porque soy corrupto, sino porque soy valenciano; si dices algo en contra de mí no es porque tengas argumentos, sino porque eres de izquierdas, o porque eres de derechas, o porque eres de fuera; quien denuncia el maltrato de un animal en una fiesta bárbara está ofendiendo a los extremeños, o a los de Zamora,o de donde sea; si te parece mal que el gobierno de Galicia gaste no sé cuántos miles de millones de euros en un edificio faraónico es que eres un rojo; si te escandalizas de que España gaste más de 20 millones de euros en la célebre cúpula de Barceló en Ginebra es que eres de derechas, o que estás en contra del arte moderno; si te alarman los informes reiterados sobre el fracaso escolar en España es que tiene nostalgia de la educación franquista.
He visto a alcaldes y a autoridades autonómicas españolas de todos los colores tirar cantidades inmensas de dinero público viniendo a Nueva York en presuntos viajes promocionales que solo tienen eco en los informativos de sus comarcas, municipios o comunidades respectivas, ya que en el séquito suelen o solían venir periodistas, jefes de prensa, hasta sindicalistas. Los he visto alquilar uno de los salones más caros del Waldorf Astoria para “presentar” un premio de poesía. Presentar no se sabe a quién, porque entre el público solo estaban ellos, sus familiares más próximos y unos cuantos españoles de los que viven aquí. Cuando era director del Cervantes el jefe de protocolo de un jerarca autonómico me llamó para exigirme que saliera a recibir a su señoría a la puerta del edificio cuando él llegara en el coche oficial. Preferí esperarlo en el patio, que se estaba más fresco. Entró rodeado por un séquito que atascaba los pasillos del centro y cuando yo empezaba a explicarle algo tuvo a bien ponerse a hablar por el móvil y dejarnos a todos, al séquito y a mí, esperando durante varios minutos. “Era Plácido”, dijo, “que viene a sumarse a nuestro proyecto”. El proyecto en cuestión calculo que tardará un siglo en terminar de pagarse.
Lo que yo me preguntaba, y lo que preguntaba cada vez que veía a un economista, era cómo un país de mediana importancia podía permitirse tantos lujos. Y me preguntaba y me pregunto por qué la ciudadanía ha aceptado con tanta indiferencia tantos abusos, durante tanto tiempo. Por eso creo que el despertar forzoso al que parece que al fin estamos llegando ha de tener una parte de rebeldía práctica y otra de autocrítica. Rebeldía práctica para ponernos de acuerdo en hacer juntos un cierto número de cosas y no solo para enfatizar lo que ya somos, o lo que nos han dicho o imaginamos que somos: que haya listas abiertas y limitación de mandatos, que la administración sea austera, profesional y transparente, que se prescinda de lo superfluo para salvar lo imprescindible en los tiempos que vienen, que se debata con claridad el modelo educativo y el modelo productivo que nuestro país necesita para ser viable y para ser justo, que las mejoras graduales y en profundidad surgidas del consenso democrático estén siempre por encima de los gestos enfáticos, de los centenarios y los monumentos firmados por vedettes internacionales de la arquitectura.
Y autocrítica, insisto, para no ceder más al halago, para reflexionar sobre lo que cada uno puede hacer en su propio ámbito y quizás no hace con el empeño con que debiera: el profesor enseñar, el estudiante estudiar haciéndose responsable del privilegio que es la educación pública, el tan solo un poco enfermo no presentarse en urgencias, el periodista comprobando un dato o un nombre por segunda vez antes de escribirlos, el padre o la madre responsabilizándose de los buenos modales de su hijo, cada uno a lo suyo, en lo suyo, por fin ciudadanos y adultos, no adolescentes perpetuos, entre el letargo y la queja, miembros de una comunidad política sólida y abierta y no de una tribu ancestral: ciudadanos justos y benéficos, como decía tan cándidamente, tan conmovedoramente, la Constitución de 1812, trabajadores de todas clases, como decía la de 1931.
Lo más raro es que el espejismo haya durado tanto.


domingo, 22 de agosto de 2010

Leer España por Francisco Robles

Francisco Robles
Día 21/08/2010 - 23.31h
El mismo público que muestra su indignación por la prohibición de las corridas de toros en Cataluña fue el que guardó un indiferente silencio ante la desaparición de la Literatura Española de los planes de estudio de esas comunidades que son más autónomas que otras. Al arrinconar la obra de los clásicos españoles, el nacionalismo sectario empezó a forjar esas nuevas generaciones se han quedado ancladas en el bucle melancólico del nacionalismo, en la mediocridad de unos escritores regionalistas cuya obra sólo es útil para trenzar la propaganda que sirve de alimento ideológico a los cachorros de la causa.
«Leer España» es un hermoso libro de Fernando García de Cortázar donde se recorre nuestra milenaria historia a través de los poetas, novelistas y ensayistas que la han escrito en sus textos literarios. Porque España no solamente se ama o se odia, se crea o se destruye. España también se escribe en los epigramas sarcásticos de Marcial o en los textos sobrios de Séneca y Lucano. España es romana cuando se lee en latín y musulmana cuando Al Motamid se lamenta por la pérdida del reino taifa de Sevilla en su exilio marroquí. España se lee en el castellano alfonsí de las cantigas y en los sonetos italianizantes de Garcilaso, en la prosa limpia y llana de Cervantes y en los claroscuros de Quevedo.
Para leer España hay que liberarse de trincheras y prejuicios. Tan España es Azaña como Ortega, Alberti como Rosales, Manuel como Antonio Machado. Quien no lea a España en sus escritores será un analfabeto español, o viceversa. ¿No llama Dámaso Alonso analfabetos líricos a los que saben leer poesía? Pues eso mismo es lo que pretenden los nacionalistas periféricos y egoístas: crear una generación de analfabetos de lo español. Por un lado se eliminan los mil y un matices que puedan aportar Baroja, Unamuno, Cernuda, Delibes, Cela o Muñoz Molina, y por el otro se reduce lo español a la imagen kitsch, cutre y rancia que se destila en los alambicados alambiques del nacionalismo más retorcido y carca. Así se matan dos pájaros sin disparar un tiro mientras los polluelos permanecen en el nido del terruño.
Los nacionalistas han conseguido apartar el cáliz de España, como pedía César Vallejo en un sentido más trágico y menos demagógico, para que los jóvenes no puedan beber el vino que vendía Lázaro de Tormes ni el sabroso mosto de granadas que paladeaba San Juan de la Cruz. Así se consigue agrandar la obra de un racista furibundo e iletrado como Sabino Arana, por poner un ejemplo. Una obra, por cierto, que sus herederos ideológicos esconden para que no salgan a la luz sus barbaridades xenófobas, homófobas y racistas. Justo lo contrario que hace García de Cortázar al iluminar la historia de España con textos que nacieron en todos sus rincones, en todas las lenguas que aquí se hablan y se hablaron. Versos y prosas que responden a todas las visiones del mundo que uno se pueda imaginar. Eso es España. La España que algunos quieren arrumbar en el baúl de los tópicos. La España que García de Cortázar ha hilvanado con los textos que la han escrito. La España escrita que debemos leer para curarnos del nacionalismo excluyente, esa forma de analfabetismo.

lunes, 1 de marzo de 2010

Memoria y olvido de Rafael García Serrano (Antonio Rivero Taravillo)

Tomado del Blog Fuego con Nieve de Antonio Rivero Taravillo

Lo conocí por otros escritos que me lo nombraban, y en el ardor de los dieciocho años lo busqué para leerlo. A mí es que los títulos siempre me han podido, y un heptasílabo tal, levemente aliterativo y sobradamente heroico como La fiel infantería, no podía sino atraerme.
Era bronca la novela, y escrita con la premura del hombre de acción que condesciende a hacer líneas que una detrás de otra componen un artículo, un libro. Pero tenía prosa y estilo vigorosos, algo que no quiso ver Antonio Muñoz Molina en una columna suya publicada en El País hace meses. De las muchas opiniones que sobre García Serrano se puedan emitir, ninguna que afirmase su tibieza podría sostenerse. De muchos hierros salen muchos yerros, y él participó mucho en el vivir y en las armas de su época. Tomó una bandera y luchó por ella, primero con el ahínco del joven enamorado, tiempo después con la fidelidad del adulto al amor de juventud. Violencia hubo, y refrendada por el autor de La fiel, pero también generosidad, ideal y altruismo.
Ya a su primer libro, Eugenio o proclamación de la primavera (1938), asoma su falangismo militante, que se hace tan omnipresente que asfixia a quien no comulgue con el movimiento político que fundara José Antonio Primo de Rivera (precisamente a él está dedicada la breve obra o novella). El rojo y el negro teñirán ya para siempre su prosa, que cuando no está claramente mediatizada por el mensaje político brilla como pocas: es apasionada y de una riqueza formidable, y al mismo tiempo sencilla, nada barroca, o al menos de un lujo nada versallesco. La de un joven que se estrenaba en la hombría y que, si no la sangre, sí tiene azul el corazón, y de ahí su tinta.
Yo no sé si por vallisoletano (allí nacieron las JONS), por culto o respondón ante unos y otros, Francisco Umbral es, desde presupuestos políticos opuestos, uno de los escritores españoles que mejor ha sabido ver qué cosa fue la Falange y quién José Antonio, al margen de la conversión de ambos en apoyaturas y símbolos del Régimen del 18 de Julio. Y Umbral ha tenido palabras elogiosas para nuestro escritor. García Serrano fue, como he dicho, una de las voces de la Falange, pero por muchos motivos diferente a otras con las que se podría comparar.
Más joven que Foxá, Sánchez Mazas y el propio José Antonio, no aportó nada al ideario o estilo del movimiento político en el que se encuadró a una edad demasiado escasa para ello. Pero luchó, sí, y fue herido en la contienda, y desde entonces ésta quedó como una fijación, sobre la que gravitaron el resto de sus años y muchas de sus innumerables páginas.
Por ejemplo, las de la ya citada La fiel infantería (1943), que obtuvo el Premio Nacional de Literatura (en aquel momento se llamaba Premio Nacional de Literatura José Antonio Primo de Rivera) y que fue inmediatamente secuestrada, según el autor “gracias a la denuncia del arzobispo primado de Toledo y a la pasión eclesial de Gabriel Arias Salgado”. De alguna forma, este hecho llevado a la categoría de emblema es el acta de defunción de lo que de nacionalsindicalista o revolucionario y juvenil tuviera el Régimen, y su sustitución por un modelo nacionalcatólico y ñoño. Eran también los días en que se desmantelaba la Divisón Azul. Para mí que en la cuenta del debe de García Serrano está el no haberse opuesto con mayor afán a esta conversión forzada. Pero lo que es indudable es que fue fiel a sus ideas hasta el final, y sin voces revolucionarias y de genuino patriotismo como la suya el Movimiento, con ese aluvión de recién llegados de la CEDA y otros cuerpos extraños, hubiese sido algo más como una derecha torpe, miope y timorata.
Tal vez por su procedencia navarra (nació en Pamplona el año de la revolución rusa), García Serrano no vio como un hecho antinatural la unificación de falangistas y requetés en ese engendro híbrido —mulo que tiraba del carro triunfal de Franco— que fue Falange Española Tradicionalista y de las JONS. Camaradas suyos evolucionaron: Ridruejo se hizo socialdemócrata, Foxá escéptico y gordo, a Sánchez Mazas se le fue yendo la combatividad con las nostalgias de sus Pedritos de Andía y Tarines. Sólo él quedó apegado a ese verano perpetuo de 1936, mas con una particularidad que lo ennoblece: como el púgil que se parte la cara y al sonar la campana abraza al contrincante, siempre estuvo más cerca del enemigo corajudo que del espectador que se apoltrona en su almohadilla y todo lo más apuesta.
Publicó mucho: Plaza del Castillo, Los ojos perdidos, Diccionario para un macuto... y tantos y tantos títulos que aquí se omiten. En los últimos años redobló sus esfuerzos en el artículo y llevó su “Dietario personal” a las páginas de El Alcázar. Escribía muy bien —nadie de ese periódico le llegaba al final de sus días a la altura del zapato, con excepción de Vintila Horia, otro olvidado—, y yo alternaba su lectura con el hojeo del “rojo” y efímero diario Liberación.
Tantos años después sigue siendo víctima de otra censura, esta vez tácita (no tanto por razones políticas como por el adocenamiento del público). Hoy echo en falta una reedición de sus escritos menos circunstanciales. Era orgulloso y combativo, y, aunque yo creo que a él se le daría una higa, por placer, por egoísmo, alguien debería plantearse antologarlo.
Antonio Rivero Taravillo

domingo, 7 de febrero de 2010

MUÑOZ MOLINA DESCUBRE A RUANO (ABC 6-2-2010)

Muñoz Molina descubre a Ruano

IGNACIO RUIZ- QUINTANO
Sábado , 06-02-10
De joven, para hacerse notar, César González-Ruano va al Ateneo y grita que el Quijote es una bobada. «A González no le gusta Cervantes», titulan al día siguiente los periódicos.
Antonio Muñoz Molina descubre ahora a Ruano: como escritor, que es una cosa que no hacía falta, y como fascista, que es una cosa que todo español llama a quien no piense como él, con lo que fascistas siempre son los otros.
Ruano no tiene nada de Muñoz. Tuvo motivos para ser fascista, y no lo fue; los dio para ser académico, y tampoco lo fue. Pero España sigue haciendo académicos y fascistas sin motivo.
Ruano es un dandy que admira la independencia de un Valle-Inclán carlista frente a los alfonsinos; aristócrata frente a la greña jacobina; católico frente al ateísmo del Ateneo; republicano frente a Primo; y frente a la República que suspende los diarios, conservador. O sea, otro fascista.
-Mire usted, querido Ruano: usted me estima y yo le correspondo, pero son tiempos de pocas bromas y usted tiene fama de fascista -le dirá el pizpireto de los Machado, Manuel, cuando a todos se les echaba encima el 36-. De modo que le agradeceré que no se muestre tan efusivo conmigo en público, porque yo soy un republicano que está con el pueblo.
-Descuide, usted, Manolo... Ni en público ni en privado. Por mí puede usted irse a la mierda.
Ruano entra en la República como republicano feroz. Reportea para el «Heraldo» la quema de conventos con una sorna francamente progresista. Encarcelan a Juan Ignacio Luca de Tena, propietario y director de ABC, acusado de matar a un taxista que se negaba a dar vivas al Rey. La Justicia no sostiene el disparate, pero el Gobierno, que quiere al periódico cerrado, sí. Y Ruano visita en la cárcel a Luca de Tena, y le dice que, con su encarcelamiento, ha dejado de ser republicano. Al contrario que todos, Ruano se hace monárquico al caer la Monarquía, y en las visitas a los cementerios románticos organizadas por Foxá, ante el ataúd abierto de un vizconde galo muerto en Madrid después de la Revolución francesa, grita:
-Monsieur le Vicomte, vive le Roi!
Amenazado de muerte por los «chíbiris» del Lenin español, Ruano contrata a un guardaespaldas para transitar por lo que queda de República. El 18 de Julio lo sorprende en Roma con Raquel Meller, mientras los progresistas lo buscan en Madrid para asesinarlo. De ABC caen dieciocho escritores, y más de cincuenta obreros del taller. El asesinato de Manuel Bueno le atraviesa el alma.
-Cerraba los ojos, doloridos sólo de imaginarlo a él, tan aprensivo, tan delicado, tan dandy, muriendo a empujones y golpes de aquella canalla vil en la que su ingenuidad no quiso creer... «Aquí, Ruanito, no pasa nada. Y aunque pase, ¿quién quiere usted que se meta con gentes como usted y como yo? ¿Hay seres más inocentes?»
Menudo fascista, Manuel Bueno.