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lunes, 22 de julio de 2013

El Carnavalero tatuado de Falange por Antonio Burgos



La España tatuada
Estas calores suelen descubrirnos dos cosas: que tenemos que recargar de gas el aire acondicionado del coche y que hay que ver la cantidad de tatuajes que se ha hecho la gente en España. Claro, se quitan los abrigos, dejan fuera los hombros, los brazos, las espaldas, las piernas, y nos aparecen todos los tatuajes. Los tatuajes eran en España cosa de marineros y de legionarios. Tenían como música de fondo el impresionante poema postmodernista de Rafael de León así titulado, "Tatuaje", al que le puso música el maestro Quiroga y voz imperecedera Concha Piquer: "Era hermoso y rubio como la cerveza,/ el pecho tatuado con un corazón,/ y en su voz amarga había la tristeza/ doliente y cansada del acordeón."Por cierto, reparen en esa imagen poética: "La tristeza doliente y cansada del acordeón". ¿Se puede escribir mejor ni poner en pie más hermosa imaginería lírica? Pero estábamos con el tatuaje de "Tatuaje". El marinero que llegó en un barco, de nombre extranjero y que se fue una tarde con rumbo ignorado sería ahora el menos atrevido de los tatuados de España. ¡Cuidado que sólo tatuarse un corazón! Y en el pecho, además, para que nadie lo vea. No sé las trazas que se dio sobre el manchado mostrador la amante de aquel marinero para que con esa birria de tatuaje su nombre de extranjero se le quedara escrito en la caricia de su piel. Ahora sería mucho más fácil. Bastaría con que el marinero en cuestión no se hubiera hecho tatuaje de mar, sino de tierra. Como los que llevan todos los canis, modelo Kiko Rivera. Brazos enteros, espaldas, piernas, enmarañados con tatuajes de monstruos, ángeles, demonios, máscaras, calaveras, estrellas, arabescos, hojarascas. Ni el más recargado retablo barroco tiene tanto "horror vacua" como el tatuado brazo, o espalda, o pierna de un cani, donde no queda centímetro libre de tinta.
Así hay tantos establecimientos que anuncian "Tatoo", en inglés. Ah, claro: el tatuaje debe de ser sólo el corazón del marinero del manchado mostrador de la Piquer o en ancla en el brazo de Popeye y estas decoraciones obsesivas deben de ser el "tatoo" famoso. No sólo es un negocio el de los tatuajes, sino que hay otra floreciente industria: la de quitar los tatuajes, que en algunos casos tiene que ser dificilísimo; más fácil sería que el Doctor Cavada les hiciera un trasplante de piel a los horteras del "Tatoo" que quitarles esos Ermitages a lo hortera y a lo choni que llevan por brazos, piernas, hombros, espalda, barriga, cuello, y me imagino que algunos hasta en el yamentiendes y algunas hasta justo encima del cestillo del carbón.
Yo, como voy por el plan antiguo, me quedo con los tatuajes a lo Rafael de León, breves y cargados de poesía. Me quedo con el egregio tatuaje, tan de la Marina de Su Majestad Británica, que Don Juan de Borbón lucía en su brazo, que era un retrato en sepia de aquellos años difíciles en que tuvo que dejar de ser guardiamarina en la Escuela Naval de la Real Isla de San Fernando para enrolarse en la Home Fleet inglesa. 
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El Quini
 Joaquin Fernadez Garaboa.jpgquiniportada_cadiz
O no lejos de San Fernando, me quedo con el legendario tatuaje del corista Joaquín Fernández Garaboa "El Quini". Tenía El Quini en su brazo otro retrato de época, otro trozo de Historia de España: cuando estaba en el frente de Rusia con la División Azul se hizo tatuar en el brazo el escudo de Falange.
-- ¿Vive todavía El Quini?
-- No, murió.
-- Menos mal, porque ahora, con la dichosa Memoria Histórica, de momento me lo iban a dejar manco, porque al ver el tatuaje del escudo de la Falange seguro que le cortaban el brazo...
Me quedo con el tatuaje del legionario de toda la vida. Estos descastados del "tatoo" no saben lo que es el "Amor de madre".

Antonio Burgos Belinchón
Publicado en ABC de Sevilla el día  21/7/13

lunes, 24 de junio de 2013

La devoción de El Pali por José Antonio

ÁNGEL PÉREZ GUERRA

UN PRADO SEMBRADO
DE PAPAS

HACÍAMOS aquel ABC sevillano con el periodismo anónimo que don Antonio Burgos Belinchón ha sacado a hombros de su experiencia laureada por l a Puerta del Príncipe de los Ingenios Recuadrados. Se publicaba entonces una página diaria titulada «Los debates de ABC». Tres personas destacadas de la ciudad daban su opinión acerca de un tema de actualidad. Y allí estaba el guardia que suscribe, con sus veintipocos años cuajados de inseguridades y esperanzas bajo palio de juventud, agarrado al auricular del teléfono (aquellos inefables terminales blancos y gordos, ligeros pero inspiradores de confianza), buscando en los quiebros de la voz interlocutora el camino más corto para ganarse su confianza y el reconfortante «sí, quiero» a la propuesta del periódico.
Aquella tarde le tocó al Pali, que levantó su auricular, arrellanado no en el sitial de la acera sino en el sofá de su salón sin ventanas al que se asomaba ora su madre ciega ora su perra Triana, y con aquella amabilidad antigua como su guitarra de plata y su devoción por José Antonio, escuchó pacientemente, algo jadeante ya, mi cantinela.
—Buenas tardes, don Francisco. ¿Le importaría contestar a una encuesta que estamos haciendo sobre qué haría el encuestado con el Prado de San Sebastián, que, como usted sabe, está vacío desde que la Feria a Los Remedios fue trasladada?
—De don Francisco nada, niño. Paco, y va que chuta. —De acuerdo; usted perdone, Paco. Se hizo un silencio que me hizo temer que Francisco Palacios se hubiera quedado dormido (era esa hora pajolera de la siesta en que los periodistas despegamos). Pero no, la voz de El Pali sonó por aquel teléfono blanco y gordo como él.
—Poh mira, yo lo sembraba de papah pa tené papahaliñá frescah tol año, ¿sabe?
Y se quedó tan pancho, y yo conteniendo la risa mientras Manolo Ferrand, Paco Navarro, Paco Gómez, Manolo Ramírez, Antonio de la Torre, Lola Meiriño, Manolo Rodelas y Carlos Bernal se jartaban de reír al escucharme repetir la frase del Pali. Como se estarán riendo ahora en el Prado inmarchitable con las ocurrencias del Pali, que estará apoyando su papada sobre los brazos cruzados en el respaldo de la silla que le habrá puesto San Pedro para que haga aún más infinita si cabe la sonrisa del Padre Eterno.

Publicado en ABC de Sevilla el día 24 de Julio de 2013

lunes, 13 de mayo de 2013

La Sevilla de Aquilino Duque. Por Antonio Burgos


 
Cuando conocí a Aquilino Duque, yo estudiaba todavía Bachillerato y él acababa de llegar de Cambridge, donde creo que fue únicamente para poder retratarse con un bombín y un paraguas, como un inglés. El encuentro fue en los altos del Club La Rábida, en la Escuela de Estudios Hispanoamericanos de la calle Alfonso XII, donde había nacido la revista "Aljibe", con él, Juan Collantes, Antonio Gala, Ángel Medina, Fernando Quiñones, Serafín Pro... Allí leyó aquella tarde fragmentos de una novela que nunca publicó, aunque ganó con ella el premio Ciudad de Sevilla: "Las torres de San Cayetano". Luego nos citamos en el saloncito de Los Corales donde Belmonte y El Gallo hacían tertulia. Le llevé para que me lo firmara su primer libro, "La calle de la Luna". Y me dio dos consejos que nunca he olvidado: que Sevilla es una deliciosa flor carnívora con la que hay que tener mucho cuidado, porque te devora en cuanto te descuidas; y que para sentir Sevilla hay que leer "Ocnos", el libro de Cernuda cuya primera edición él había encontrado en un baratillo londinense. Tuve en cuenta lo de la floristería carnívora y leí inmediatamente "Ocnos" en la edición de Ínsula, en aquellos tiempos en que decías "Cernuda" y la gente en Sevilla creía que te referías a Neruda con errata. Aquí no conocían a Cernuda más que Aquilino, Higinio Capote, Joaquín Romero Murube (que le escribió su responso difícil en ABC) y el académico Carlos García Fernández, que formó parte del grupo Mediodía y se carteaba con él. He evocado aquellos años y aquel Aquilino cuando he visto con alegría (y una cierta preocupación que al final diré) que uno de los poemas de "La Calle de la Luna" (1958), "Colegiala del Valle" ha sido colocado como homenaje en el que fue jardín del colegio. Como tantos otros poemas de "La Calle de la Luna", me sé de memoria ese soneto, y lo transcribo sin la errata de "curva" por "cuna" del ceramista: "Va entornando la cuna del tranvía/tus ojos soñolientos, colegiala". (En aquel tiempo, los tranvías entornaban los ojos de las enamoriscantes niñas del Valle y todo, y no como ahora, que no entornan absolutamente nada cuando pasan por la Avenida con la esquila del Muñidor de la Mortaja.) Soneto sentimental y precioso, que remata así: "Salta al jardín de las desilusiones,/colegiala sin flores ni ciudades,/a jugar a la comba con tus trenzas". 

Entre consulados del más allá , guías apasionadas de Doñana, monos azules y ruedas de fuego, el insobornable Aquilino Duque, que es como su España, Uno, Grande y Libre, ha escrito más que El Tostado. Mas si se hubiera quedado en poeta de un solo libro, con esa "Calle de la Luna" hubiera ya sido digno de toda recordación, cerámica o no. Ese libro es una guía sentimental de Sevilla y tiene poemas antológicos. Que lo digan a mí, que los incluí en mi antología de poesía popular "Rapsodia Española". Hablamos de Juan Sierra como poeta excelso de la Semana Santa, de la flor carnívora, pero anda que Aquilino... En ese libro primerizo viene el poema impresionante del Cachorro: "Esta noche, Manuel, tú sobre el puente". Y el soneto a la Esperanza de Triana: "Arriba la Esperanza trianera, viva la plata y viva la alegría". El de la Macarena: "Ni azahares ni luna te pondría". El de la Amargura, "Vengo del río allá, de la otra orilla,/ para verte llorando en tus varales". Y más Sevilla, con "Las huertas de Gelves": "La marisma es un ruedo sin fronteras;/es la plaza de toros donde Fernando el Gallo/le cortas las orejas al toro de San Lucas". Y el Patio de la Montería del último rey moro. Y los seises: "¿Qué voz os congregaba,/pájaros al Altísimo?". Y soleares del mejor corte: "Reloj de arena tu cuerpo,/te abrazaré la cintura/para que no pase el tiempo". Y el final rotundo: "Tienen los andaluces por patria el universo". El universo de Sevilla es la patria de Aquilino Duque. 

Ojalá el alcalde no lea "La Calle de la Luna". Porque con lo que le gusta una cerámica de zapata y zapatazo, puede poner Sevilla entera alicatada con azulejos de versos de Aquilino.


Antonio Burgos.


Publicado en ABC de Sevilla.

viernes, 9 de marzo de 2012

COMUNICADO DE LA FAMILIA DE MANUEL BARRIOS

En nombre de mi familia y en el mío propio quiero testimoniar nuestro más sincero agradecimiento por las numerosas muestras de condolencia que hemos recibido con motivo del reciente fallecimiento de mi padre, el escritor Manuel Barrios. Como siempre, también en sus últimos días estuvo luchando hasta el final, en este caso contra su EPOC, apenas ya sin pulmones, puro corazón, hasta que no pudo más. En su agenda tenía una buena lista de amigos y colegas, a quienes traté de localizar el pasado viernes, 24 de febrero, para comunicarles la triste noticia. Siento no haberlo logrado en todos los casos. Hacía tiempo que mi padre no trataba con muchos de ellos, de modo que las direcciones y teléfonos habían cambiado; pero él no los había olvidado. A su familia nos conforta comprobar que también la mayoría de ellos ha seguido manteniendo vivos su recuerdo y su amistad.
En el tanatorio pudimos estrechar la mano y dar un abrazo a algunos de esos amigos, escritores, periodistas y flamencos, que se acercaron a darle el último adiós: Antonio Burgos, Jesús Heredia, Ángel Vela, Paco Reyero, Andrés Muriel... Ningún político lo acompañó. Mi padre siempre supo escoger a quienes merecía la pena tener cerca. Siempre evitó la Andalucía de la pandereta ideológica y de los muchos señoritismos y servilismos. Siempre apostó por el valor de una cultura andaluza que, desde las entrañas genuinas de lo popular, rescatase a nuestra tierra de su atraso secular. Poco que ver con la charanga de la cultura oficial. Mucho con una Andalucía más honda y callada, que hoy llora con nosotros. Y que en algunos de sus bien nacidos ha alcanzado a darle voz a ese dolor, por lo que sus familiares les manifestamos nuestra profunda gratitud
A Nicolás Salas, Antonio Burgos, Francisco Robles, Paco Reyero, José Luis Montoya, Eva Díaz, Andrés Muriel, Enrique Montiel, Francisco Giménez-Alemán, Alberto García Reyes, Abelardo Linares, Rafael de Cózar, Pedro Tabernero, Luis García Gil, José Luis Garrido Bustamante, Emilio Jiménez Díaz, Aquilino Duque, Víctor Márquez Reviriego, Lucas Haurie, Juan Luis Franco, Benito Fernández, Joaquín Arbide, así como a Francisco Jiménez Ortega (“F.E.A.”, Centro Cívico Alcosa), a la Asociación Cultural Ademán, Antonio Cruz, de la Fundación Antonio Mairena, Julio Pérez “Vito” y tantos otros, muchos anónimos, que han dejado mensajes de pésame en el contestador telefónico.
Manuel Barrios Casares

lunes, 17 de octubre de 2011

DESAGRAVIANDO A PEMAN

Traemos al blog el valiente artículo escrito en ABC del escritor sevillano Antonio Burgos en defensa del olvidado maestro de las letras españolas Jose María Pemán.


Jose María Pemán
Yo iba a abrirme de capa para felicitar aquí a mi dilectísimo vecino don Ignacio Camacho y López de Sagredo, por haber ganado en la Cuna de la Libertad el premio de artículos más importante y veterano de Andalucía, dotado con un millón de aquellas antiguas pesetas que tanto en Cai dieron que hablar y con la inevitable estatuilla de Miguel Berrocal. Pero no sé si felicitarlo o decirle que como en Cádiz, siguiendo los dictados de Larra, todo el año es Carnaval, se han quedado con él. Pues, en efecto, a Camacho le han dicho que le han concedido el XXVIII Premio Unicaja de Artículos Periodísticos. Y eso es un embuste como los del Beni, tan grande como una catedral. Bueno, como una catedral, como una Viña y como un Mentidero, la verdad que no exagero. A Camacho no le han dado el XXVIII Premio Unicaja de Artículos Periodísticos porque el XXVIII Premio Unicaja no existe. Esto es como la numeración de los años según el calendario de los moros o de los cristianos, que cada cual lleva su cuenta. Según las mías, que son de la estricta observancia pemananiana, a Camacho le han dado el III Premio Unicaja de Artículos Periodísticos. Porque los muy progres, políticamente correctísimos y más que cobardones barandas de Unicaja hace tres ediciones que le quitaron a este premio el honroso nombre de Pemán que llevaba, según decía su convocatoria, «a fin de honrar la memoria del ilustre escritor gaditano». Hace 28 años, pues, no se viene dando el premio Unicaja. 
Se viene dando el Pemán. Lo que pasa es que desde hace tres convocatorias les da vergüenza decirlo a los señores de la antigua Caja de Ahorros de Ronda que consiguieron lo que no logró Napoleón: conquistar Cádiz. Muchísimo antes de las actuales fusiones obligatorias, la Caja de Ahorros de Ronda absorbió a la venerable y antiquísima Caja de Ahorros de Cádiz, la que tenía en su azul escudo al padre Hércules con dos leones y convocaba el Premio Pemán. De aquel matrimonio nació Unicaja. Y como hacen falta eso, dos... leones para honrar ahora a Pemán en esta España de cobardones y de satrapillas culturales de la Ceja Estival de Rota, pues a tomar vientos, de Levante y de Poniente, que mandó Unicaja a Pemán, a La Piconera, a La Viudita Naviera, a sus Terceras de ABC, a su Cádiz de las Cortes y a los Tres Etcéteras de Don Simón.
Pero Ignacio Camacho, que tiene la retranca campera de su nación marchenera, se ha dado cuenta. Y en Cádiz, que es donde tiene mérito, recién recibido el premio y antes de trincar su tela de golpe (como recomendaba don Juan de la Rosa, el prohombre de la Caja rondeña), se ha apresurado a decir: «Es un honor recibir un premio que ha estado vinculado a Pemán, uno de los cinco grandes articulistas del siglo XX, que además escribía en el ABC en el que he publicado este texto». El premio no «ha estado vinculado a Pemán», Ignacio: tu premio «es» El Pemán, al que vergonzantemente le han puesto mote de equipo de baloncesto. Como otros premios, que tú merecidamente tienes ya, son El Cavia, El González Ruano o El Romero Murube, éste es El Pemán. Lo que te han dado, Ignacio, y por lo que me alegro, es El Pemán, y que se chinchen los de Unicaja y los de Uniceja. En voz de su Séneca, nos atrevemos a decir a Pemán:
—Nada, don J osé, que como Medel le ha quitado su nombre a su premio de usted y le ha puesto de mote Unicaja, cuando me  que Ignacio Camacho ha ganado el Unicaja no sabía si me estaban hablando de artículos de periódico en Cádiz o de un partido de baloncesto en Málaga.
Aunque aceptamos Unicaja como animal NBA de compañía. Total, Ignacio, tú eres el pivot que todos los días se harta de hacer canastas triples en el partido de baloncesto del articulismo. Eres el Pau Gasol de esto, compay de Cai.

http://www.antonioburgos.com/abc/2011/10/re100611.html
Antonio Burgos

lunes, 16 de agosto de 2010

Habanera por un Llovet difunto


Antonio Burgos (ABC)
Había nacido en 1917 en la Málaga de, pongamos, José María Souvirón. O en la de Manolito Altolaguirre si lo prefieren. Como tantos poetas andaluces, había nacido dotado con las armas de la palabra, como Minerva de la cabeza de Zeus. Como poeta arrancó, a la sombra del paraíso es muy fácil escribir versos. Fue luego diplomático y crítico teatral. El crítico de ABC. Cuando en estas páginas los estrenos de las obras teatrales del patrón, de Juan Ignacio Luca de Tena, o sea, «Don José, Pepe y Pepito» o «¿Dónde vas Alfonso XII?» no los cubría el crítico de la Casa, sino que se reproducía luego el juicio de la competencia, de «Pueblo», de «Informaciones», de «Arriba».

Hablo de Enrique Llovet, de cuya muerte me entero por un obituario que glosa no sólo su extensa labor como crítico y teórico del teatro, sino como autor y ensayista. Pero se olvidan, ay, de obras fundamentales de Llovet que la gente ni siquiera sabía que eran suyas. Ignoran al Enrique Llovet autor de canciones. A Llovet le pasaba un poco como a don Fernando Lázaro Carreter. A don Fernando Lázaro la gente lo conocía por su libro sobre comentarios de textos con el que aprobamos la Reválida de Cuarto, o por sus dardos en la palabra. Pero no como autor de «La ciudad no es para mí». Sí, la más famosa obra de Martínez Soria la escribió nada menos que el académico don Fernando Lázaro Carreter, ¿pasa algo?

Pues pasa que a Llovet le ocurría algo parecido, pero con sus canciones. Todos nos sabemos de memoria canciones que escribió, cuya autoría conocen apenas los especialistas. Canciones popularísimas. Consulto el «Cancionero general de España» de Vázquez Montalbán y hallo que dos canciones suyas, dos, fueron las que más recaudación obtuvieron en la Sociedad de Autores en sendos años: en 1945, «Yo te diré»; en 1947, «Luna de España». Yo te diré, yo te diré que Enrique Llovet escribió una de las más bellas habaneras compuestas nunca, la que cantaba Nani Fernández en «Los últimos de Filipinas», con música de Jorge Halpern. Si cito los primeros versos, usted es capaz de cantar la habanera entera, en el recuerdo de la tristeza de rayadillo colonial y escarapela rojigualda del uniforme de los héroes de Baler: «Yo te diré por qué mi canción/ te llama sin cesar,/ me falta tu risa, me faltan tus besos,/ me falta tu despertar,/ mi sangre latiendo, mi vida pidiendo/ que tú no te alejes más».

Pocas veces en una canción ha habido tanta ternura, tanta nostalgia, tanta delicada hermosura. Tanta fuerza tiene la letra, que, como en la copla de Manuel Machado, el pueblo no recuerda ya quién la escribió. Ni siquiera quién la cantaba. Como se sabe de memoria otro gran éxito que Llovet escribió para la revista «Hoy como ayer» de Celia Gámez, con música de Fernando Moraleda: «Luna de España». Cuando lean el primer verso seguro que también pueden cantarla entera: «La luna es una mujer/ y por eso el sol de España/ anda que bebe los vientos/ por si la luna lo engaña»... No, la que engaña es la memoria, que hace que permanezcan en el olvido los nombres de los poetas que pusieron versos indelebles para la banda sonora de nuestras vidas.

Por eso le he querido dedicar hoy con toda justicia a Enrique Llovet esta habanera en forma de artículo. Como dijo en su verso inolvidable, «cada vez que el viento pasa se lleva una flor». La flor de nuestra memoria sentimental.